Foro Validaciones Científicas -> De potencialidades y peligros

Leyendo, viendo y escuchando todos los contenidos de Validaciones científicas, no he podido evitar pensar en un discurso del físico Albert Einstein recogido en “Mi visión del mundo” (https://www.almendron.com/blog/wp-content/images/2005/04/Mi-vision-del-mundo.pdf , páginas 55-56). En él habla de un “regalo sumamente precioso: una ciencia y una técnica tan desarrolladas, que nos ofrecen posibilidades de liberar y enriquecer nuestras vidas como no lo pudieron hacer antes las generaciones anteriores”. “Este regalo”, dice, “sin embargo, implica peligros para nuestra existencia que tampoco habían sido igualados en cuanto a maldad”. “Más que nunca”, continúa, “el destino de la humanidad civilizada depende de las fuerzas morales”. Habla de la distribución, del trabajo, del egoísmo y de la técnica militar cuyo desarrollo es tal que, alerta, “la vida de las gentes será insoportable si no se encuentra con rapidez un camino para impedir las guerras”.

Traigo aquí todo esto porque creo que los avances neurocientíficos son asimismo un regalo precioso si se hace un buen uso de ellos: nos llenan de recursos eficaces para el aprendizaje, para la comprensión de cada niño, sus comportamientos, necesidades, etc.; y de este modo, nos permiten poder reaccionar de manera más atinada, responsable y eficaz junto a ellos, a entender sus rabietas, sus dificultades, sus capacidades y estilos de aprendizaje (visual, auditivo, Kinestésico).

Yendo a fondo de las posibilidades, el neurocientífico Álvaro Bilbao dice, por ejemplo, que, dependiendo de los límites que pongamos, podemos dirigir el tipo de conexiones entre neuronas que afectarán a su desarrollo intelectual, emocional y social. Qué fascinante y maravilloso, limitar lo no adecuado para que genere y busque otras conductas. Pero qué miedo también, pues ¿quién decide qué es lo adecuado y con qué fin? Buf…qué delicado.

Como decía Einstein en su discurso, “el destino del género humano depende hoy mucho más que ayer de nuestra fuerza moral”. Más de medio siglo después, sus palabras siguen vigentes pero “in crescendo” a un ritmo tan vertiginoso como los avances de la propia neurociencia, que nos están revelando cómo son y funcionan nuestras estructuras más íntimas.

Conocedor de esta intimidad, Álvaro Bilbao cree, como María Montessori, que “una de las cosas que más perjudican al niño es el exceso de celo o protección”, defiende la libertad, la elección, la confianza y la necesidad de que éste se enfrente a desafíos para desarrollar partes del cerebro que le ayuden a sobrevivir y convivir en sociedad. En su planteamiento, como en el de María Montessori, hay fuerza moral y es la cara más maravillosa de las posibilidades que nos ofrece la ciencia para conseguir cada vez individuos más libres, auto controlados y llenos de voluntad. En este punto veo necesaria la espiritualidad que aporta María Montessori, para que esa libertad y esa voluntad estén al servicio del Cosmos y no de otro tipo de intereses menos humanos, menos naturales, y más codiciosos.

Me explico, si repasamos las “dentritas” que ha dejado trazadas en la historia entre María Montessori y otros grandes teóricos o pragmáticos, llego al camino dibujado por el psicoanalista alemán Erikson. Él creía que la verdadera meta debe ser mejorar al mundo con nuestras capacidades. Una idea que nos lleva al corazón de María Montessori y su Teoría del Cosmos, y que se refleja y enriquece muchísimo con el conocimiento de la neurociencia para su fin. Sin embargo, una cosa es la esencia y otra la civilización. Sin un ápice de ingenuidad, Erikson afirmaba, que, pese a la verdadera meta humana, la sociedad nos empuja a obtener el éxito a través del dinero o del poder.

Si el ser humano hoy es capaz de establecer diálogos con cada parte del cerebro (la reptil, la emocional y la racional) y, a partir de estos tres niveles de procesamiento del cerebro, ayudar al niño en su desarrollo, también es capaz de bloquear dicho desarrollo en aras de otros intereses.

La neurociencia da recetas para impulsar las potencialidades del niño pero, con ellas, también se puede entender cómo debilitarlo y con él a la especie humana. Y es haciendo todo lo contrario de lo que dictó María Montessori: con superprotección, imposición, inhibición y castigo de los individuos. En tiempos de guerra o tiranía, con la información que se tiene hoy, se podría haber provocado todavía mayores y funestos desastres humanos. Por eso, hoy más que nunca, veo esa necesidad montessoriana de educar por la paz, con pensamiento crítico, desde la autonomía y el amor por uno mismo, por lo que nos rodea, por lo que nos precedió y continuará.

Es demasiado potente saber que, por ejemplo, cada vez que etiquetamos a un niño, adjudicándole de manera repetida un adjetivo, el cerebro del niño guarda ese dato en su hipocampo, se graba en su memoria y marca para toda su vida el concepto de sí mismo y su comportamiento. Si le decimos que es valiente, tendrá una fuerte tendencia a actuar como tal. Si le decimos que es un inútil…Ay.

El niño se está autoconstruyendo, y la conexión de sus neuronas responde a lo que percibe y cómo lo percibe. Dicen en Montessori en Hardvar que de cómo construya un niño la arquitectura dinámica de su cerebro, dependerá que de adulto pueda o no trabajar de manera efectiva con los demás, enfrentar distracciones, manejar demandas múltiples, controlar sus impulsos y emociones e incluso ser buen padre o pareja… Siguiendo la metáfora del cerebro como sistema de control aéreo, descrita en este vídeo, vemos que de la buena construcción del cerebro depende que los aviones despeguen y aterricen de manera coordinada o se estrellen los unos contra los otros, debilitando no solo la memoria del trabajo, el control inhibitorio y la flexibilidad mental del niño, sino su propia dignidad, naturaleza y esencia.

Si María Montessori hablaba de cómo la escuela convencional podía servir para entrenar pequeños soldados, válidos para la guerra. Hoy deberíamos también temer en las aulas un uso perverso de la neurociencia a manos de intereses económicos de una competitividad feroz.

Reivindicar la paz no solo como valor sino como necesidad humana me parece un asunto prioritario y de primer orden cuando hablamos de la utilidad de la neurociencia en educación (y en todos los ámbitos aplicables). Para alcanzar una sociedad madura, humana y responsable, debemos impulsar el desarrollo de la naturaleza de los niños, y procurarles las herramientas para crecer mentalmente sólidos (tanto en lo cognitivo como en lo emocional), capaces de poner a dialogar las distintas partes de sus cerebros, para que de sus acciones y reacciones se desprenda una convivencia armónica de los individuos y el medio ambiente.

María Montessori sigue vigente en este sentido, y en muchos otros. Como cuando Goleman explica que la capacidad de concentración -en este mundo tan saturado de distracciones- es más decisiva que el coeficiente intelectual; o Noam Chomsky concluye que la adquisición de un niño del lenguaje ocurre gracias a la capacidad humana de reconocer y asimilar la estructura básica y universal del mismo, independientemente del contexto; o como cuando la bioética defiende como principios fundamentales la autonomía, el beneficio de otros y la no maleficiencia; o el auge del mindfulness en las aulas escolares, que -saltándonos la parte superficial de la moda-, ayudan a desarrollar la paciencia, el bienestar, la atención, la introspección, etc.; o la cada vez más notable reivindicación del trabajo conjunto entre ecología medioambiental y ecología humana; o las etapas de desarrollo en la psicología…y un largo etc.

Me fascina saber que la ciencia de hoy abala con mayor contraste la filosofía científica de Montessori. Es una suerte que gracias a la neurociencia hoy podamos orientar mejor como guías a los alumnos, dotarlos desde la ciencia, desde lo sensorial y lo espiritual de más herramientas para que alcancen su ser integral. Es una alegría y una esperanza. Pero también un gran desafío, una enorme responsabilidad.

Aún no soy guía, no trabajo en ningún cole, ojalá me llegue el día. Pero creo que, como maestra, Adela Vizcaíno, recibió las mejores palabras que se pueden recibir: que los niños le dijeran que sabían identificar sus intereses, habilidades y puntos a perfeccionar; y que sientan haber vivido junto a ella la Edad de Oro de su imaginación. Qué bonita emoción. Ojalá que la educación y los avances de la ciencia hagan que todos los niños puedan depositar esa Edad de Oro, desde su integridad, al mundo.

Un abrazo

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